Columna: Tránsito, la deuda silenciosa de las ciudades
Las horas que perdemos en el tapón son un costo que nadie ve en las cuentas, pero todos pagamos.

Hagamos una cuenta sencilla. Si una persona pierde dos horas diarias entre ir y volver del trabajo, al cabo de un año ha regalado más de quinientas horas de su vida al tránsito. Multiplíquese por miles de personas y el resultado es una deuda enorme que no figura en ningún presupuesto.
Esa deuda se paga en salud, en productividad y en tiempo con la familia. Se paga también en dinero: combustible, mantenimiento y accidentes que podrían evitarse con un sistema de transporte más ordenado.
No hay una solución única. Se necesita transporte público confiable, aceras y ciclovías seguras, semáforos coordinados y una política de estacionamiento que desaliente el uso innecesario del carro. Y sobre todo, constancia: las ciudades no se arreglan con campañas, sino con decisiones sostenidas.
Mientras tanto, cada uno puede hacer algo: compartir el vehículo, respetar los carriles y usar los medios disponibles cuando sea posible. Es poco, pero empieza a cambiar la conversación.
